miércoles, 22 de agosto de 2007

Nadie se lo esperaba.


Nadie se lo esperaba.
Un terremoto de 7.9 grados en la Escala de Richter azotó el departamento de Ica, llegó hasta lima y terminó con menor intensidad a diferentes ciudades del Perú.
En Chimbote se sintió un temblor silencioso de 2 minutos. “Temblores así son los más peligrosos, joven: no hacen ruido pero matan”, señala Juana García Robles, antigua sobreviviente del terremoto del ’70, quien se encontraba en la cocina de su hogar haciendo sus labores de rutina mientras al sur del país todo se venía abajo.

Los chimbotanos vivieron los minutos más intensos de su vida. En la capital, en tanto, la gente abandonaba despavorida los edificios residenciales, los locales públicos y también sus viviendas, al punto de llenar las avenidas y congestionar el tráfico.
El clamor de los creyentes, el pánico, la búsqueda de las madres a sus hijos y la confusión se apoderaron de la fría atmósfera capitalina.

En Palacio de Gobierno, el presidente Alan García Pérez declaraba el estado de emergencia. En las calles, los funcionarios de Defensa Civil recomendaban despejar las salidas, tener frazadas, agua y linternas a la mano.
Los paramédicos del Cuerpo de Bomberos socorrían a los heridos. La gente seguía sacando los escombros de sus viviendas -parcialmente destruidas- en los Barrios Altos.
A las 6 y 41 de la tarde había empezado todo.

El epicentro se registró a 60 kilómetros al suroeste, frente a las costas de Ica. La población de esta región sufría la mayor cantidad de pérdidas humanas: más de 500 muertos y centenares de heridos daban cuenta del trágico saldo.
El derrumbe de las principales construcciones del centro histórico iqueño, así como el 90% de las casas colapsadas empujaron a los sobrevivientes a refugiarse en carpas e improvisar toldos que acondicionaron en el interior del estadio de la ciudad.
Familias con el malestar de los niños y ancianos se protegían, en tanto la ayuda se hacía presente.

La caleta de San Andrés, en Pisco, presentaba un panorama de ficción: los botes de los pescadores de este humilde puerto se encontraban caprichosamente aparcados en las calles y puertas de las viviendas como efecto del oleaje causado por el maretazo posterior al sismo.
Los pobladores tuvieron que ser evacuados del lugar; sin embargo, algunos padres de familia, armados de valor, intentaban sacar el lodazal que hacinaba sus casas.
Organizaciones internacionales y gobiernos de Latinoamérica se sumaban a los esfuerzos del Estado peruano enviando rescatistas, ayuda médica y alimentaria; apoyo que aún no llegaba a los damnificados de zonas rurales, es decir, lugares alejados de Ica y Pisco ciudad.
A dos días del trágico sismo la tierra sigue temblando, las réplicas mantienen a la Nación en alerta.

Los especialistas llaman a la calma y recomiendan un plan nacional de prevención de desastres, pues el Perú se encuentra en una zona altamente sísmica.
Periódicamente seguirán produciéndose eventos similares. Es una verdad dialéctica que los peruanos no deberíamos olvidar.
Marco A. Castillo García.

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