miércoles, 12 de septiembre de 2007

VIERNES DE PARADA


Viernes de parada


Gloria, desconsuelo y amor paterno son los ingredientes que sazonan la historia de un comerciante que desarrolla su actividad en el mercado más grande de Chimbote, ahí donde nacen historias reales, con verdaderos y auténticos personajes que nos introducen en coloridas y trágicas historias propias de la urbe.

“Lo último que recuerdo de aquel día es el grito aterrador de Gonzalo, que yacía bajo las llantas de un camión, esos inmensos móviles que suelen venir del norte repletos de fruta para vender el viernes, ‘día de parada’.

Quienes conocen a Juan Alipio Guerrero, no dudan en afirmar que se despertaba con la luz del alba para realizar su faena acostumbrada: vender en el mercado ‘El Progreso’ a lado de su único hijo: Gonzalo.

Es viernes y llegan -de diversas ciudades del país- comerciantes mayoristas de abarrotes, frutas, tubérculos y verduras, ofertando los mejores precios del mercado. Es un día esperado por entusiastas amas de casa que acuden al mercado a realizar las compras de la semana.

Minoristas y mayoristas chimbotanos se preparan desde tempranas horas con lo mejor de sus productos. Son quienes echan a andar la maquinaria de la oferta y la demanda activando el movimiento comercial más grande del puerto. El comercio crece con la luz de un sol que alumbra el agitado trabajo de diez mil vendedores e innumerables compradores de los extremos de la ciudad.

Lo más sorprendente para una anciana que observa cada mañana desde una hamaca colgada en un puesto de ropa, es la cantidad de tricicleros que no dejan caminar a “las caseritas”; lo más repugnante para ella, además, son los abundantes cúmulos de basura que invaden el mercado, trayendo consigo moscas de diferentes tamaños; tampoco puede soportar las ratas y ladrones que convierten a ‘El Progreso’ en un peligro para transeúntes, comerciantes y amas de casa.

Así son los días en el centro de abastos más concurrido de la ciudad. Poco a poco el mercado se fue poblando y hoy es como es: lleno de informalidad y desorden.

“Nunca pensé que el mercado crecería así”, se queja doña Aurora Casana, una anciana con visión de ajedrecista, con voz entrecortada y con un lenguaje que apenas se deja entender por su mala pronunciación del castellano.

“Recuerdo los inicios del mercado; todo este terreno fue el antiguo cementerio de Chimbote, lo que más me impactó fue el hallazgo de un pabellón completo de nichos pertenecientes a una dinastía de chinos ubicado en la segunda plataforma; recuerdo los 20 puestos de lo que hoy es el sector de carnes, donde además de carnes se ofrecían verduras y tubérculos”.

Hace silencio, y concluye con un largo suspiro como queriendo exhalar el tiempo.

Transcurrían los años ’80. Época en que Aurora Casana era una de las primeras comerciantes, luego vino Juan Alipio acompañado de su pequeño hijo Gonzalo desde La Libertad. años después sería recordado por los comerciantes de esta zona por haber asestado un certero tomatazo en la frente al entonces candidato presidencial Alejandro Toledo, que venía desde Coishco luego de haber realizado un mitin de campaña por la segunda vuelta y se dirigía hacia la plaza de armas por la avenida Gálvez con los brazos abiertos en el flamante Cholo Bus.

Para Alipio, de 58 años de edad, el negocio comenzaba regando agua de ruda sobre los tubérculos traídos desde las alturas de su tierra, costumbre ancestral que realizaba como cábala para votar la mala suerte y atraer la clientela. Pero aquel día en que la Aurora, con sus rayos, auguraba una mañana próspera para las ventas el destino inexorable marcaba su vida para siempre: se escucharon gritos desesperados de comerciantes y amas de casa.

Eran aproximadamente las seis de la mañana cuando Gonzalo Alipio, de 18 años, fue atropellado por un camión, sus piernas quedaron atrapadas bajo las llantas traseras, estuvo inconciente por el dolor. A esa hora no se podía ni soñar con la presencia de un policía de tránsito. Sin embargo, su padre, al escuchar los gritos de sus vecinos, corrió desesperadamente como presintiendo que el destino le hacía una mala jugada.

“Normalmente en viernes de parada vendía 80 sacos de papa, en aquel momento contaba sólo con 28; entonces, mandé a mi hijo al depósito por más, ya que era muy temprano y había bastante movimiento. Se veían amas de casa bajar de las combis y autos; unas acompañadas de sus muchachas con enormes canastas, otras con sus esposos e hijas. Pasaron pocos minutos y mi hijo se encontraba tirado, inconsciente y sangrando a unos cuantos metros de mi puesto, frente a la actual Posta Médica El Progreso, cerrada”.

Ni la ‘milagrosa agua de ruda’ pudo neutralizar el fatídico accidente de Gonzalo, que fue conducido de emergencia por su padre al Hospital La Caleta. Mientras tanto, su negocio en el mercado quedó en total abandono. Para la familia Alipio fue un día de parada negro.

Gonzalo continuaba inconciente en el hospital: había perdido mucha sangre, su rostro estaba tan pálido que parecía una cera blanca; luego, fue conducido al quirófano para ser operado de emergencia; yo me encontraba destrozado”, concluye el anciano padre en un esfuerzo por recordar lo sucedido.

Jorge Caipo, antiguo vendedor de abarrotes, cuenta que tiempo después del accidente, vio a Gonzalo deambulando. “Algunas veces pienso que a Gonzalo lo dejaron loco los anestésicos y que seguirá andando como un mendigo callejero. Cuando voy por el centro miro los rostros buscando un rasgo que me dé su imagen. También he visitado los centros donde albergan a personas con problemas mentales, pero no he logrado encontrar respuesta del hábil jovenzuelo que bregaba codo a codo con su padre; pero jamás me atreví a preguntárselo a Juan”.

En la actualidad, Juan Alipio Guerrero se encuentra reclinado en su sofá predilecto de madera antigua rememorándonos la triste historia de Gonzalo, quien se perdió en la frontera de la razón y la locura al no resistir el peso de la invalidez, un viernes, como hoy.

De aquellos tiempos sólo le quedan gratos recuerdos de sus ‘caseritas’, que nunca fallaban los viernes de parada. Para él, la historia está ahí, en su puesto, en la calle, en los camioneros que venían de La Libertad, en la ruda del día a día, en su voz que narra el desconsuelo, que es incómoda, como incómodo testigo de aquello que no debiera verse por doloroso o por ridículo, que a veces es lo mismo.


Por: Marco Antonio Castillo Garcia.

sábado, 8 de septiembre de 2007

EL PISCO NUESTRO.

Nuestro anfitrión: Moro. La Capital Regional del Pisco, ¡nos da la bienvenida!

Luego de un largo recorrido por la Panamericana Norte, desviamos nuestro camino frente al cruce de Samanco para continuar por una vía de cañaverales que nos conducen hasta San Jacinto. Seguimos 30 minutos por una carretera encalaminada y, frente a nosotros, empieza el distrito de Moro y las huellas que nos llevaran a conocer ‘La Ruta el Pisco’.

Para viajar de Chimbote hacia Moro abordamos una combi en la esquina de prolongación Espinar y Balta. Los transportistas nos llevarán, por cuatro nuevos soles, hasta nuestro destino.

En el trayecto, podemos observar la tranquilidad de los paisajes, amenizados por un huayno que reproduce el estéreo del conductor.
La población de este distrito vitivinícola es sencilla y muy hospitalaria. La tranquilidad de las calles y plazas está en armonía con su gente.
Las motos son el transporte característico de la zona. Basta darse una vuelta para confirmarlo.

La actividad económica es, mayormente, agrícola. La siembra de productos, como la palta, son muy importantes.“La siembra constituye el 98 % de nuestra actividad y el 2% pertenecen al turismo. En octubre llegan los morinos de todos lados a visitar su tierra aprovechando la fiesta patronal”. Precisa, Tomas Villegas Roca, alcalde del cálido pueblo.


Cuenta la historia que don Ricardo Palma denominó al Pisco como el ‘quitapesares’.
Unas copitas de Pisco para quitarse esos pesares del alma y, para las enfermedades como la gripe, acompañar con menta o manzanilla.
Pero la historia no queda ahí. La Ruta del Pisco nos lleva hasta la época de la Colonia

“La primeras plantas de vid que se sembraron en la región se localizaron en santa. A Santa primero se le llamo ‘Santa Maria de la Parrilla’ por una imágen de la virgen que colocaron cerca de Coishco cuando llega Pizarro en su segundo viaje y siembra al pie de la virgen, como para hacerle una sombrita, un sarmiento de vid pero como la tierra era débil creció con hojas chicas, sarmientos chiquitos, entonces ya no era parra que es cuando la vid desarrolla libremente con sus sarmiento largos sino una parrilla o sea una parra chica”. Explica el ex regidor de cultura Fernando Peña García remontándose a la historia.

El Pisco morino es diverso, tanto como sus aromas, colores, esencias y sabores. Y si de diversidad se trata, hasta los vasos tienen su preferencia cuando de tomarse un buen pisco se trata.
Los vasos de vidrio fino son para el vino porque dejan apreciar mejor su sabor y, los de mayor espesor, para el Pisco, porque en ellos se deja una aceitoso rastro producto de las semillas de la uva, lo que prueba su pureza.
En época de calor la fermentación es más rápida. En época de frió puede durar dos semanas. Luego de ello, pasarán a madurar en botijas Canchanas por el tiempo que estime el productor.
Estos depósitos de arcilla cocida donde se madura el Pisco le dan un sabor particular.

Estas botijas con su singular pancita reciben el nombre de Canchanas, ya que había una familia en la zona del distrito de moro que se apellidaba Canchano pues ellos hacían este tipo de botijas que no hacen en la zona de Ica.

Lo contradictorio es que a pesar de tener un Pisco reconocido y ser nombrado como la Capital Regional del Pisco, el Gobierno Central -a través del Ministerio de Turismo- ha prohibido a Moro y Motocachi usar la denominación Pisco.

El Pisco, la bebida de bandera de nuestra región, se acostumbra acompañar con toda aquella comida que sea salada.
¡No olvide!… no se debe mezclar el pisco con otras bebidas. ¡Cuídese de la resaca!
Si ud. tiene un motivo para celebrar, ya sabe, celebremos con lo nuestro… ¡celebremos con Pisco morino!

miércoles, 22 de agosto de 2007

Nadie se lo esperaba.


Nadie se lo esperaba.
Un terremoto de 7.9 grados en la Escala de Richter azotó el departamento de Ica, llegó hasta lima y terminó con menor intensidad a diferentes ciudades del Perú.
En Chimbote se sintió un temblor silencioso de 2 minutos. “Temblores así son los más peligrosos, joven: no hacen ruido pero matan”, señala Juana García Robles, antigua sobreviviente del terremoto del ’70, quien se encontraba en la cocina de su hogar haciendo sus labores de rutina mientras al sur del país todo se venía abajo.

Los chimbotanos vivieron los minutos más intensos de su vida. En la capital, en tanto, la gente abandonaba despavorida los edificios residenciales, los locales públicos y también sus viviendas, al punto de llenar las avenidas y congestionar el tráfico.
El clamor de los creyentes, el pánico, la búsqueda de las madres a sus hijos y la confusión se apoderaron de la fría atmósfera capitalina.

En Palacio de Gobierno, el presidente Alan García Pérez declaraba el estado de emergencia. En las calles, los funcionarios de Defensa Civil recomendaban despejar las salidas, tener frazadas, agua y linternas a la mano.
Los paramédicos del Cuerpo de Bomberos socorrían a los heridos. La gente seguía sacando los escombros de sus viviendas -parcialmente destruidas- en los Barrios Altos.
A las 6 y 41 de la tarde había empezado todo.

El epicentro se registró a 60 kilómetros al suroeste, frente a las costas de Ica. La población de esta región sufría la mayor cantidad de pérdidas humanas: más de 500 muertos y centenares de heridos daban cuenta del trágico saldo.
El derrumbe de las principales construcciones del centro histórico iqueño, así como el 90% de las casas colapsadas empujaron a los sobrevivientes a refugiarse en carpas e improvisar toldos que acondicionaron en el interior del estadio de la ciudad.
Familias con el malestar de los niños y ancianos se protegían, en tanto la ayuda se hacía presente.

La caleta de San Andrés, en Pisco, presentaba un panorama de ficción: los botes de los pescadores de este humilde puerto se encontraban caprichosamente aparcados en las calles y puertas de las viviendas como efecto del oleaje causado por el maretazo posterior al sismo.
Los pobladores tuvieron que ser evacuados del lugar; sin embargo, algunos padres de familia, armados de valor, intentaban sacar el lodazal que hacinaba sus casas.
Organizaciones internacionales y gobiernos de Latinoamérica se sumaban a los esfuerzos del Estado peruano enviando rescatistas, ayuda médica y alimentaria; apoyo que aún no llegaba a los damnificados de zonas rurales, es decir, lugares alejados de Ica y Pisco ciudad.
A dos días del trágico sismo la tierra sigue temblando, las réplicas mantienen a la Nación en alerta.

Los especialistas llaman a la calma y recomiendan un plan nacional de prevención de desastres, pues el Perú se encuentra en una zona altamente sísmica.
Periódicamente seguirán produciéndose eventos similares. Es una verdad dialéctica que los peruanos no deberíamos olvidar.
Marco A. Castillo García.

miércoles, 15 de agosto de 2007

el ultimo album de Miguel Olivares

OASIS DEL DESIERTO

Fin de semana extra





Con la musicalidad nocturna de las calles y con el sorbo oceánico de un catador que escancia su vino en la banca vehemente de una vereda, gira el fin de semana liquido como carrusel de atracción social.

Lejos del fondo oscuro de las avenidas. En la tercera cuadra de espinar, ahí, flamean las risas de unas prendas multicolores; sobre una banca atiborrada de sed que se alumbra con la energía de una ‘sola farola’. Útil para un grupo disidente de discotecas, quienes celebran su propia fiesta.

Bancas, cuerpos y veredas, escenografia callejera de diversión colectiva que no deja de proyectar por momentos sosos de anticipada resaca el concierto menos sonado y más caro del viernes; cuyos afiches de publicidad parecen despegarse simultáneamente de las paredes circundantes con el último sorbo de la bebida.


Sin organización anticipada: caen de a dos, de a uno en uno, o, simplemente, otros, no están físicamente en el ruedo. Pero la tertulia los trae a colación. El protocolo en el asfalto no existe. Se rompe como el mito de alguna leyenda urbana.

El tema de conversación viene con: Los bacilones, los proyectos, la coyuntura, los partidos políticos, la música, el deporte radical de moda, las flacas, los temas de novedad: que por que Alquaeda se paso. Y se va con: ¿en que están los que no están?, que dicen los estudios en la universidad, que los politiqueros de mierda insisten que somos un país subte, que no somos una generación X sino de M, que ya sabemos cuantos guebones nomás se benefician de la economía del país, que el presidentes es un títere de mierda, que el loco Aldo esta tramitando su pasaporte por que un empresario pesquero lo cagó con su sueldo.

Solo la bocina de los taxis traen de regreso ‘el sabor macerado del fin de semana extra’ a las mentes embriagadas de CHani, Nola, y su gentita.

martes, 14 de agosto de 2007

El senador de Dios





Rogelio Malaquíes. Su obra ha controlado la locura en Chimbote.

No tiene unidad médica, menos local para consultas ni tratamientos, tampoco píldoras que controlen el inestable sistema nervioso de sus seguidores, sólo la fe en un poder que se mueve entre lo intangible.

Rogelio Malaquíes, se levanta religiosamente a las seis de la mañana para dar inicio al desfile de ‘terapia itinerante’con rumbo al centro de la ciudad, donde, a ritmo de profesar su credo, ensaya su rol de vendedor ambulante para el sostén de los suyos.

Siete de la mañana. Las puertas de la casa-templo se abren. Pony Luzuriaga, Juan Rousell, José Olalla, y Javier Rasta bajan las polvorientas calles del cerro San Pedro sobre sus livianas sandalias. Su paradero: el Mercado El Progreso.

Todas las mañanas hacen el recorrido cantando alabanzas y esperanzas de alguna tierra santa que los alberge. Sobre los hombros de Pony, Juan, y José van los paquetes de sal, y sobre los de Javier, los detergentes que ofrecen a las amas de casa, quienes asombradas abren su monederos y seguidamente hacen brillar su sol y gustosamente les ‘colaboran’.

“¡Fuera Satanás! ¡Sal de esta alma pura! ¡Te reprendo en nombre de Nuestro Señor!”. Es la frase que esgrime el guía cada vez que uno de ellos parece descarrilarse por las sendas de la esquizofrenia. Repite la operación tantas veces sea posible y con la mano sobre la cabeza de su discípulo. Hasta que, curiosamente, parece tranquilizarse.

Pero lo más insólito es que a logrado mantenerlos ordenados e impecables. ¿Cómo ha logrado la disciplina en el grupo y, sobre todo, la limpieza? Es una pregunta precisa para desentrañar el secreto de su obra, pero se obnubila y más bien parece comenzar a tomar conciencia de semejante logro.

“Ni yo mismo termino de comprenderlo, todo lo dejo en manos del Señor”, concluye con esfuerzo.

Hoy lucen un traje de sastre muy bien presentado, una afeitada que muy bien podría ser la envidia de cualquier publicidad de after shave; todo esto gracias a la donación de algún personaje caritativo y producto de los excedentes de las ventas. Lo único que no se puede cambiar son los rostros, que parecen conectados al infinito de sus miradas como los personajes de García Márquez en ‘La tercera resignación’.

A Juan, sus familiares lo abandonaron hace dos años porque se cansaron de suministrarle barbitúricos. José y Javier corrieron suerte parecida: a ellos les tocó abandonar el tratamiento por falta de recursos y por falta de un programa estatal o seguro que socorra este tipo de enfermedad. Pony Luzuriaga es un caso aparte: éste tenía un nido en la basura y caminaba por los bordes de sus dominios con la ropa echa jirones, mostrando al aire sus genitales con una alucinante sonrisilla cómplice como si supiese claramente lo que hacía.

“El senador de Dios me llaman las gentes, joven, porque les digo que estoy aquí para cumplir las leyes del Señor”, menciona Malaquías sin dejar de saludar a algunos simpatizantes, o hermanos, como él cariñosamente llama a aquellos comerciantes que a diario lo ven trabajar.

Amar al prójimo es la frase que retumba en alguna parte de su recuerdo. Prosigue su camino imperativo junto a sus discípulos con un temple aprueba de balas; una espalda prominente apropósito de recibir la carga más fuerte de la sociedad; siempre a la cabeza, formando con ellos una fila entre la gran cantidad de gente que visita el centro de abastos más tugurizado de Chimbote, aferrados a la marea social que produce la paranoia, o más bien sumados al marco de la locura de la vida con la ilusión cercana y clara de una cirugía celestial.

Marco Antonio Castillo Garcia