miércoles, 15 de agosto de 2007
Fin de semana extra

Con la musicalidad nocturna de las calles y con el sorbo oceánico de un catador que escancia su vino en la banca vehemente de una vereda, gira el fin de semana liquido como carrusel de atracción social.
Lejos del fondo oscuro de las avenidas. En la tercera cuadra de espinar, ahí, flamean las risas de unas prendas multicolores; sobre una banca atiborrada de sed que se alumbra con la energía de una ‘sola farola’. Útil para un grupo disidente de discotecas, quienes celebran su propia fiesta.
Bancas, cuerpos y veredas, escenografia callejera de diversión colectiva que no deja de proyectar por momentos sosos de anticipada resaca el concierto menos sonado y más caro del viernes; cuyos afiches de publicidad parecen despegarse simultáneamente de las paredes circundantes con el último sorbo de la bebida.
Sin organización anticipada: caen de a dos, de a uno en uno, o, simplemente, otros, no están físicamente en el ruedo. Pero la tertulia los trae a colación. El protocolo en el asfalto no existe. Se rompe como el mito de alguna leyenda urbana.
El tema de conversación viene con: Los bacilones, los proyectos, la coyuntura, los partidos políticos, la música, el deporte radical de moda, las flacas, los temas de novedad: que por que Alquaeda se paso. Y se va con: ¿en que están los que no están?, que dicen los estudios en la universidad, que los politiqueros de mierda insisten que somos un país subte, que no somos una generación X sino de M, que ya sabemos cuantos guebones nomás se benefician de la economía del país, que el presidentes es un títere de mierda, que el loco Aldo esta tramitando su pasaporte por que un empresario pesquero lo cagó con su sueldo.
Solo la bocina de los taxis traen de regreso ‘el sabor macerado del fin de semana extra’ a las mentes embriagadas de CHani, Nola, y su gentita.
Lejos del fondo oscuro de las avenidas. En la tercera cuadra de espinar, ahí, flamean las risas de unas prendas multicolores; sobre una banca atiborrada de sed que se alumbra con la energía de una ‘sola farola’. Útil para un grupo disidente de discotecas, quienes celebran su propia fiesta.
Bancas, cuerpos y veredas, escenografia callejera de diversión colectiva que no deja de proyectar por momentos sosos de anticipada resaca el concierto menos sonado y más caro del viernes; cuyos afiches de publicidad parecen despegarse simultáneamente de las paredes circundantes con el último sorbo de la bebida.
Sin organización anticipada: caen de a dos, de a uno en uno, o, simplemente, otros, no están físicamente en el ruedo. Pero la tertulia los trae a colación. El protocolo en el asfalto no existe. Se rompe como el mito de alguna leyenda urbana.
El tema de conversación viene con: Los bacilones, los proyectos, la coyuntura, los partidos políticos, la música, el deporte radical de moda, las flacas, los temas de novedad: que por que Alquaeda se paso. Y se va con: ¿en que están los que no están?, que dicen los estudios en la universidad, que los politiqueros de mierda insisten que somos un país subte, que no somos una generación X sino de M, que ya sabemos cuantos guebones nomás se benefician de la economía del país, que el presidentes es un títere de mierda, que el loco Aldo esta tramitando su pasaporte por que un empresario pesquero lo cagó con su sueldo.
Solo la bocina de los taxis traen de regreso ‘el sabor macerado del fin de semana extra’ a las mentes embriagadas de CHani, Nola, y su gentita.
martes, 14 de agosto de 2007
El senador de Dios

Rogelio Malaquíes. Su obra ha controlado la locura en Chimbote.
No tiene unidad médica, menos local para consultas ni tratamientos, tampoco píldoras que controlen el inestable sistema nervioso de sus seguidores, sólo la fe en un poder que se mueve entre lo intangible.
Rogelio Malaquíes, se levanta religiosamente a las seis de la mañana para dar inicio al desfile de ‘terapia itinerante’con rumbo al centro de la ciudad, donde, a ritmo de profesar su credo, ensaya su rol de vendedor ambulante para el sostén de los suyos.
Siete de la mañana. Las puertas de la casa-templo se abren. Pony Luzuriaga, Juan Rousell, José Olalla, y Javier Rasta bajan las polvorientas calles del cerro San Pedro sobre sus livianas sandalias. Su paradero: el Mercado El Progreso.
Todas las mañanas hacen el recorrido cantando alabanzas y esperanzas de alguna tierra santa que los alberge. Sobre los hombros de Pony, Juan, y José van los paquetes de sal, y sobre los de Javier, los detergentes que ofrecen a las amas de casa, quienes asombradas abren su monederos y seguidamente hacen brillar su sol y gustosamente les ‘colaboran’.
“¡Fuera Satanás! ¡Sal de esta alma pura! ¡Te reprendo en nombre de Nuestro Señor!”. Es la frase que esgrime el guía cada vez que uno de ellos parece descarrilarse por las sendas de la esquizofrenia. Repite la operación tantas veces sea posible y con la mano sobre la cabeza de su discípulo. Hasta que, curiosamente, parece tranquilizarse.
Pero lo más insólito es que a logrado mantenerlos ordenados e impecables. ¿Cómo ha logrado la disciplina en el grupo y, sobre todo, la limpieza? Es una pregunta precisa para desentrañar el secreto de su obra, pero se obnubila y más bien parece comenzar a tomar conciencia de semejante logro.
“Ni yo mismo termino de comprenderlo, todo lo dejo en manos del Señor”, concluye con esfuerzo.
Hoy lucen un traje de sastre muy bien presentado, una afeitada que muy bien podría ser la envidia de cualquier publicidad de after shave; todo esto gracias a la donación de algún personaje caritativo y producto de los excedentes de las ventas. Lo único que no se puede cambiar son los rostros, que parecen conectados al infinito de sus miradas como los personajes de García Márquez en ‘La tercera resignación’.
A Juan, sus familiares lo abandonaron hace dos años porque se cansaron de suministrarle barbitúricos. José y Javier corrieron suerte parecida: a ellos les tocó abandonar el tratamiento por falta de recursos y por falta de un programa estatal o seguro que socorra este tipo de enfermedad. Pony Luzuriaga es un caso aparte: éste tenía un nido en la basura y caminaba por los bordes de sus dominios con la ropa echa jirones, mostrando al aire sus genitales con una alucinante sonrisilla cómplice como si supiese claramente lo que hacía.
“El senador de Dios me llaman las gentes, joven, porque les digo que estoy aquí para cumplir las leyes del Señor”, menciona Malaquías sin dejar de saludar a algunos simpatizantes, o hermanos, como él cariñosamente llama a aquellos comerciantes que a diario lo ven trabajar.
Amar al prójimo es la frase que retumba en alguna parte de su recuerdo. Prosigue su camino imperativo junto a sus discípulos con un temple aprueba de balas; una espalda prominente apropósito de recibir la carga más fuerte de la sociedad; siempre a la cabeza, formando con ellos una fila entre la gran cantidad de gente que visita el centro de abastos más tugurizado de Chimbote, aferrados a la marea social que produce la paranoia, o más bien sumados al marco de la locura de la vida con la ilusión cercana y clara de una cirugía celestial.
Marco Antonio Castillo Garcia
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